El mejor terapeuta tiene cuatro patas: historia y evolución de las intervenciones asistidas con perros

Las intervenciones asistidas con perros (IAP) tienen raíces más antiguas de lo que podría pensarse. Aunque el término es relativamente reciente, la idea de que los animales pueden mejorar el bienestar humano aparece documentada desde hace siglos. Ya en la antigua Grecia, Hipócrates hablaba de los beneficios de la equitación para la salud física y mental. En el siglo XVIII, en Inglaterra, el asilo de York utilizaba animales domésticos para fomentar la empatía y reducir la agresividad entre los pacientes con enfermedades mentales.

Sin embargo, el verdadero punto de partida de las IAP tal como las conocemos hoy se sitúa en el siglo XX. Durante la Segunda Guerra Mundial, perros entrenados acompañaban a soldados heridos en hospitales de campaña, ofreciendo consuelo y reduciendo el estrés. Poco después, en los años 60, el psiquiatra estadounidense Boris Levinson fue quien dio base científica al fenómeno. Levinson descubrió que su perro “Jingles” facilitaba la comunicación con sus pacientes infantiles, y acuñó el término “terapia asistida con animales”, marcando un antes y un después en la integración del vínculo humano-animal dentro de la psicología clínica.

Desde entonces, las IAP comenzaron a institucionalizarse en Estados Unidos, Canadá y algunos países europeos. A finales de los años 70, hospitales, prisiones y residencias de mayores incorporaban perros en programas estructurados, y las universidades empezaron a investigar sus efectos sobre la ansiedad, la presión arterial o la autoestima. Los estudios demostraron resultados consistentes: la presencia de un animal de terapia mejoraba la motivación, la atención y la empatía.

En España, el desarrollo de las IAP llegó algo más tarde, pero con gran fuerza. A partir de los años 90, diversas entidades sin ánimo de lucro comenzaron a implementar programas pioneros en hospitales y colegios. Uno de los hitos fue la introducción de perros en terapias con personas con discapacidad intelectual o en contextos educativos inclusivos. El interés académico creció también, con universidades como la de Valencia o la Autónoma de Barcelona ofreciendo formación y proyectos de investigación específicos sobre la materia.

La década de los 2000 supuso la consolidación del sector. Se crearon asociaciones y fundaciones dedicadas a las intervenciones asistidas con animales, se profesionalizó la figura del técnico y se establecieron protocolos de bienestar animal y estándares de calidad. Las IAP dejaron de percibirse como una actividad complementaria para convertirse en una herramienta terapéutica reconocida y respaldada por la comunidad científica.

En el ámbito internacional, la tendencia fue similar, aunque con distintos niveles de desarrollo. En países como Estados Unidos, Reino Unido o Japón, las IAP se integraron dentro de políticas públicas de salud mental y educación especial. En América Latina, destacaron iniciativas en Chile, México y Argentina, donde los perros de intervención comenzaron a trabajar con menores hospitalizados, víctimas de violencia o alumnos con necesidades educativas especiales.

Hoy, las IAP abarcan un amplio abanico de contextos: escuelas, residencias, centros penitenciarios, hospitales e incluso empresas que buscan reducir el estrés laboral. España figura entre los países europeos con mayor número de entidades dedicadas a esta disciplina, y cada vez más comunidades autónomas promueven proyectos con financiación pública o colaboración institucional. La pandemia, además, reforzó el papel del vínculo humano-animal como fuente de apoyo emocional y social.

El futuro de las intervenciones asistidas con perros pasa por la investigación, la regulación y la divulgación. Los retos principales son establecer un marco legal común, garantizar el bienestar de los animales y fomentar la formación de profesionales cualificados. A medida que la sociedad avanza hacia una visión más integradora del bienestar, los perros seguirán desempeñando un papel esencial como mediadores entre la emoción y la salud, recordando que a veces el mejor terapeuta tiene cuatro patas y una cola que nunca deja de moverse.